Por Santiago Silva Jaramillo*

La emergencia de salud pública que ha supuesto el COVID-19 y las subsiguientes medidas tomadas por empresas, organizaciones y el Estado, además de las decisiones de cuidado familiares y personales que muchos hemos adelantado, suponen enormes retos a la manera como nos comportamos y relacionamos los ciudadanos. La pandemia nos ha puesto de manifiesto, de nuevo, que la gran mayoría de los problemas públicos son dilemas de acción colectiva, es decir, retos de cooperación en los que las acciones individuales son importantes y la sumatoria de esas acciones resultan siendo fundamentales para superarlos.

De ahí la relevancia de hablar de cultura ciudadana en estos momentos.

En primer lugar, tenemos la necesidad del cumplimiento de las medidas determinadas por el gobierno nacional y los gobiernos locales respecto a, sobre todo, el distanciamiento social y la cuarentena. Promover el cumplimiento de normas ha sido una de las agendas más tradicionales del enfoque de cultura ciudadana, casi siempre, con una mezcla de legitimidad, pedagogía e información. En este caso, el cumplimiento de las medidas depende mucho de la percepción de que “todo el mundo” o “la mayoría” de las demás personas están cumplimiento. Esto es difícil cuando en redes sociales o medios se hace tanto ruido por el incumplimiento particular y por tanto supone un reto para medios oficiales y particulares interesados. Hay que señalar con insistencia que la gran mayoría de las personas, la gran mayoría del tiempo, están siguiendo las indicaciones estatales.

Pero no es solo el cumplimiento de normas formales. La pandemia ha puesto sobre la mesa retos más informales de comportamiento. Asuntos como el lavado de manos, el cuidado de espacios y recorridos permitidos, pero también los retos de convivencia salidos de que pasemos más tiempos juntos con familia y vecinos.

En este sentido, la cultura ciudadana reconoce la importancia que para la construcción de agendas colectivas tiene la prosocialidad. Por prosocial entendamos todos los comportamientos que tienen beneficios para los grupos humanos. La confianza, la solidaridad, la reciprocidad y la justicia son todas disposiciones prosociales. Precisamente han sido significativas las expresiones de altruismo y ayuda que hemos visto en todas las ciudades y desde todos los sectores. Desde empresas que, frente a un esfuerzo enorme, protegen el empleo de sus trabajadores, hasta organizaciones sociales y personas de a pie que han montado iniciativas de recolección de ayudas y donaciones para las familias más afectadas por el encierro.

Las “mesas de solidaridad” o “de la confianza”, han sido uno de estos fenómenos espontáneos de las últimas semanas. Las personas dejan productos de primera necesidad y alimentos que les sobran o que quieren donar a otros y éstos son invitados por un letrero de “si necesitas, toma”. Las mesas son una expresión perfecta de cultura ciudadana precisamente porque están permitiendo la solidaridad, mientras adelantan un ejercicio de confianza. Acompañar estas iniciativas, hacerles eco y ojalá, reconocer a sus promotores, podría ser una manera muy efectiva de aumentar estas disposiciones a ayudar de las personas.

El enfoque de cultura ciudadana ofrece alternativas de decisión y acción relevantes para estos tiempos de pandemia. Hay iniciativas y acciones espontáneas que nos hablan del capital social presente y de su movilización ciudadana para ayudar a cuidarnos, pero desde el Estado nacional y local, y desde empresas y organizaciones, aún se puede hacer mucho más por cumplir ese mandato de la construcción de ciudadanía: sacar a relucir lo mejor de las personas.

*Profesor asociado en el Departamento de Gobierno y Ciencias Políticas de la Universidad EAFIT

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