Por: Carolina Calle – Fotografías: Federico Ríos, Revista Don Juan

Sus amigos cercanos dicen que se trata del más hippie de los “cacaos” paisas y revelan que es un inútil en los asuntos prácticos de la vida cotidiana. Hoy en día, este genio empresarial está dedicado a la academia y, se dice, a ser el aliado del presidente Santos en territorio uribista.

–¿Con azúcar o sin azúcar? ¿Grande o pequeño? –me preguntó Nicanor Restrepo sobre cómo quería el café. Descargó su morral en la mesa de la cafetería de la Universidad Eafit y me pidió cuidárselo. En el camino de regreso se encontró con alguien. Conversó con los dos brazos extendidos sosteniendo un par de cafés humeantes. Cuando volvió puso los vasitos plásticos sobre la mesa y se sacudió las manos. Tenía los dedos chorreados.

–¡Me quemé! –exclamó, mientras fruncía el ceño. Entonces comprobé que era cierto lo de su torpeza. Que el hombre que triplicó el coro de empresas del Sindicato Antioqueño, que multiplicó por siete los ingresos del grupo empresarial y lo consolidó como el más grande e importante de Colombia era un inútil para las cosas simples. En 1993, bajo su gestión, el Sindicato arrojó utilidades por 350 millones de dólares, por encima de los 200 millones de dólares del Grupo Santo Domingo y de los 115 millones de dólares del Grupo Sarmiento Angulo. Una cifra más cercana habla de 2004, cuando los ingresos en términos de equivalencia representaban el 7,1 del PIB del país.

Juan Camilo Ochoa me lo había advertido. Este colega y amigo estuvo presente en ridículos, aciertos y desatinos suyos. Ambos son egresados del colegio San José de la Salle, de la Facultad de Minas, del barrio Prado de Medellín y de la presidencia de Suramericana. Sabía de su reputación de mal estudiante en la Universidad Nacional. Que no pudo con geometría descriptiva. Que se pasó de carrera, de la Ingeniería civil a la administrativa. Que tenía mal gusto para las corbatas, que era adicto al cigarrillo, que tenía vocación de comediante y que era un bueno para nada.

Lo último no lo dijo Juan Camilo, se lo dijo de frente el conductor de Suramericana a Nicanor. Gerardo era el hombre que le sabía las rutas, los atajos y sobresaltos de la casa a la oficina. Días antes de que su jefe entregara el cargo, el chofer se mostraba inquieto y pensativo en su cabrilla. Después de 20 años de camino se le iba el patrón de la empresa.

–Hombre, yo estoy muy preocupado con su partida –le dijo Gerardo. Nicanor le advirtió que aunque lo reemplazara otra persona, nadie lo iba a despedir y le aseguró que si salía de Suramericana lo haría jubilado.

–No, yo no estoy preocupado por eso –le dijo el conductor–, estoy preocupado por usted.

–Pero ¿por qué? Yo estoy feliz –le respondió Nicanor extrañado. Pronto haría el viaje de sus sueños y empezaría una nueva vida de estudiante en París, después de ser un dirigente empresarial de leyenda en Antioquia y el país.

–Es que usted es un inútil infinito, usted no sabe hacer nada–le dijo el chofer, y Nicanor no lo desmintió. Lo reconoce públicamente.

Ya se ha declarado a sí mismo como un imbécil de la motricidad fina y como un peligro doméstico cuando tiene en sus manos un taladro, un alicate, un clavo o un martillo. ¿Cómo un hombre que no puede llevar un café a una mesa sin quemarse las manos, está en una lista de 18 nombres encabezada por Carlos Slim, y por debajo de Sarmiento Angulo, Santo Domingo y Ardila Lülle? Esta lista aparece en el libro Los dueños de Chile, del periodista Ernesto Carmona Ulloa, donde hay un capítulo sobre los dueños de Latinoamérica. Allí se habla de Restrepo como “el cuarto cacao” y lo presentan como “la cabeza de un grupo económico regional, menor pero gravitante, localizado en Antioquía (sic). Constituido como ‘sindicato’, nació para protegerse de los grandes”. El autor alude al Sindicato Antioqueño, el grupo empresarial paisa con mayor representación en el producto interno bruto del país.

Si algo le ha molestado a Nicanor en la vida es la palabra “sindicato”. La traducción a otros idiomas lo ponía en aprietos porque hacía parte de la jerga del gánster y muchas veces tuvo que aclarar en inglés y en francés que el Sindicato Antioqueño no era una empresa criminal ni él era el patrón. La revista estadounidense BusinessWeek de 1996 publicó un artículo sobre “el grupo económico más poderoso de Colombia” y lo tituló “El otro cartel de Medellín”. Luego describió cómo llegaba Nicanor a la oficina: “rodeado de guardaespaldas, en un flamante automóvil blindado, mientras que guardias armados y perros rottweiler patrullaban los jardines que rodean el edificio de Suramericana”.

En esa ocasión, Restrepo aclaró que la estrategia de ese grupo de empresarios antioqueños sin sucursal no tenía nada que ver con las mañas de la mafia, que era un modelo de cruces patrimoniales usado en Japón y Alemania pero al mejor estilo del regionalismo paisa: con un

toque de carácter y una tonelada de autoestima. Celoso y alcahueta. Temerario y proteccionista. A diferencia de Ardila Lülle, Santo Domingo y Sarmiento Angulo, Restrepo no era propietario de ningún negocio, se llamó a sí mismo “El mayordomo”, para dejar constancia de que era un simple administrador: “el Sindicato Antioqueño nunca ha tenido dueño”, afirma. Él era solo el director de orquesta de esa sinfonía interpretada por un grupo empresarial en clave de reciprocidad: vos invertís en mí y viceversa.

Aunque el Sindicato Antioqueño no tenía fachada ni sede, estaba blindado y tenía una muralla para que los dineros de los narcos no tocaran sus entrañas. En realidad, el sistema de propiedad cruzada lo defendió de cualquier tercero, bien fuera un inversionista legal o criminal. La empresa antioqueña no estaría en venta y los accionistas mayoritarios serían las mismas compañías. Para Restrepo, la denominación de Sindicato es caprichosa y “al no existir organización formal alguna, no reflejaba en realidad una estructura empresarial e impedía reconocer al grupo de empresas de Antioquia donde más de 100 estaban vinculadas patrimonialmente entre sí”, dijo en una rueda de prensa en 1997. Entre estas empresas podían contarse la Nacional de Chocolates, Almacenes Éxito, Zenú, Noel, Cementos Argos, Coltabaco, Proleche, el Banco Industrial Colombiano, Conavi –hoy Bancolombia–, Caribú, Fabricato, Tejicóndor y Acerías Paz del Río. Y no es ninguna mentira decir que Restrepo tenía voz y voto en todas ellas.

–¿Cómo les contaría a sus nietas la historia del Sindicato Antioqueño en forma de cuento? –le pregunté. Hubo 55 segundos de silencio y luego resumió 35 años de historia.

–Había una vez un país que estuvo en peligro de que los vecinos vinieran, se apoderaran de lo que tenían y los despacharan. Entonces la gente que vivía allá se puso de acuerdo para no dejar que se quedaran con todo. Finalmente lograron conservar su territorio, seguir unidos y crecer mucho.

–¿Y usted quién era en ese cuento?

–Yo vivía en ese país –respondió Restrepo.

A finales de los años setenta comenzó la “toma hostil” a la empresa tradicional antioqueña. Ardila Lülle, Santo Domingo y Sarmiento Angulo habían entrado a Antioquia. Coltejer, Postobón y Cervunión fueron los territorios que dejaron de ser propiedad paisa. El Banco Industrial Colombiano –hoy Bancolombia– ya estaba en jaque. El último martes de marzo de 1978 un equipo de empresarios antioqueños concibió el nacimiento del tal sindicato. Una semana después, ese grupo de 17 inconformes firmaron un acta de seis páginas mecanografiadas donde dejaron por escrito los mandamientos: defender lo propio, no hacerle caso a la especulación capitalina y no comer cuento de ningún inversionista forastero.

Llegaron los periodistas y al movimiento de defensa empresarial de Antioquia lo bautizaron Sindicato Antioqueño. Restrepo llegó en la década de 1980 en plena reconquista e hizo de la compañía de seguros que presidía la base de un triángulo que tenía un vértice de cemento y otro de chocolate. Entonces se convirtió en el corazón de esa trinidad compuesta por la Compañía Nacional de Chocolates, Suramericana de Seguros y Argos. Entre 1984 y 2004 le cambió por fin el nombre de Sindicato Antioqueño por Grupo Empresarial Antioqueño y dejó las partituras listas para que en la globalización el Grupo Nutresa, el Grupo Sura y el Grupo Argos alzaran la voz y fueran los tenores del alimento, la finanza y el cemento en Colombia y Latinoamérica. Restrepo no estuvo en el origen del Sindicato Antioqueño, tampoco al final, porque esa historia continuará, pero hizo parte de un interludio que tardó veinte años.

De manera deliberada, el Sindicato Antioqueño no invirtió en medios de comunicación “para no interferir con la independencia periodística”. También estuvo ausente en las negociaciones con los paramilitares durante el gobierno de Uribe y “participó tímidamente en los procesos de reinserción de los excombatientes solicitados por el gobierno”. Tampoco tuvo que ver con el gobierno de Samper. De hecho, en abril de 1996 Restrepo exigió una rectificación al gazapo del periódico El Tiempo cuando publicó que “el presidente del Sindicato Antioqueño, Nicanor Reina Santamaría”, se había reunido con dirigentes paisas para pedir la renuncia de Ernesto Samper. Al día siguiente de la publicación, el diario ofreció disculpas: “Ni Reina ni Presidente”, tituló el diario la rectificación.

* * *

Antes de empezar la entrevista, Nicanor Restrepo tomó su celular y me pidió permiso para devolver una llamada que no pudo contestar en la reunión en la que estaba. Luego de un saludo le contó a alguien que recién llegaba de Francia. Le habló de sus días en París inundados “de un sol canicular”, que la ciudad estaba vacía y sin tanto turista, “con el gran encanto que a veces tiene la soledad”. Después le dijo que los exámenes le salieron bien, que no había metástasis, que no había necesidad de radioterapia, pero que pronto empezaría un nuevo ciclo de quimioterapia. “Ya me volví experto en esto y hasta me entretengo”, le dijo y antes de colgar le propuso “salir en estos días, con las propias, con la tuya y con la mía”.

Restrepo colgó, miró su reloj y por fin me miró. Como terminó hablando de mujeres, empecé por ellas. Ya sabía de su debilidad porque en el periódico La Hoja de Medellín de septiembre de 1993 la hizo pública: “No hay sino una sola exageración de los paisas que no es mentira y es cuando decimos que las mujeres más bellas del mundo son las antioqueñas. Es en lo único que no exageramos”. Su hermano Carlos E. Restrepo lo definió como un encantador de serpientes: “tenía tanto éxito que lo tenían que atajar”. Su amigo Juan Camilo Ochoa confiesa que “él tímido nunca ha sido”. Entre risas, Restrepo afirma que todos sus logros fueron “a punta de carreta. Tuve una juventud bien agitada, ¡eh ave María!”.

Si no fuera por las mujeres, Restrepo bien podría estar en el Vaticano. Juan Sebastián Betancur, colega de juntas y aventuras, lo recuerda de once años con un cirio prendido, sotana negra y una tela blanca que le envolvía las piernas como si fuera una falda. “Ese es el niño Nicanor”, le susurró su mamá cuando lo vio escoltado por otros seminaristas y sacerdotes en una procesión de Semana Santa. Era la envidia de las mamás de sus compañeros. Todas querían un cura en la familia y los Restrepo Santamaría ya estaban asegurando los primeros pasos de Nicanor en el clero, para completar así una saga de hombres ilustres en la familia: Juan Guillermo Restrepo Jaramillo, el papá de Nicanor, fue alcalde de Medellín, ministro de Industria y Comercio y Agricultura y presidente de Avianca. Si se va más atrás, el tío de Juan Guillermo Restrepo fue Carlos E. Restrepo, presidente de Colombia entre 1910 y 1914.

Como en la casa tenían a una monja de niñera, los primeros juegos tenían que ver con penitencias y confesiones a sus hermanos devotos. A los diez años, doña Elve Santamaría le encargó al mismo sastre de la curia los ornamentos para el primogénito y lo despachó sin lonchera para el seminario. De esos tres años de oración, Restrepo no añora nada. Ni siquiera sabía que la prensa local seguía de cerca su carrera religiosa y que su nombre figuraba por primera vez en 1953, cuando sus papás lo nombraron padrino de bautismo de su hermanita Claudia. Nicanor era el mayor de sus trece hermanos.

Lo mejor que pudo haberle pasado fue un cólico que lo sacó de misa al hospital. El 6 de julio de 1955, el diario El Colombiano incluyó entre sus noticias: “Nicanor ha sido trasladado a su residencia en donde recibe las mayores atenciones de sus familiares y amiguitos”. Parece que en la cirugía se le fue la vocación. Los doctores no lo notaron, pero además de apendicitis crónica, Nicanor tenía mariposas en el estómago. No quedó constancia en la historia clínica, pero fueron esos síntomas de enamoramiento por los que Restrepo se le hizo el bobo al llamado de Dios.

Restrepo fue tan enamoradizo que a los 21 años resolvió irse de la casa cuando una mujer aprobó su moción de fuga. “Vámonos a morir juntos”, le propuso él en un bar después de unos cuantos guaros. En las afueras de Medellín estiraron la mano a decenas de volquetas, y el conductor de un camión los dejó montar. La Guajira sería la capital de su locura. Sin embargo, un perro pueblerino vio a Restrepo agachado junto a su valija, a la orilla de la carretera, y se antojó de un pedazo y lo mordió en el trasero. Después de varios brincos se liberó del mordisco. Entonces empezó la hemorragia en esa noche helada del norte antioqueño. El camionero ya no lo veía como un bohemio cómico que iba en busca del mar, sino como un potencial hidrofóbico que en cualquier curva lo podría contagiar. “De pronto a usted le da por morderme y nos morimos”, le dijo temeroso y lo dejó en el camino. Restrepo regresó solito a casa, sin que nadie se lo pidiera. De ese episodio le quedó una cicatriz en la nalga y la sensación de que todo había sido un fiasco.

Pero todas las mujeres que pasaron por la vida real de Restrepo hacen parte de la sociedad anónima de su corazón. A ninguna le revela el nombre. Ni siquiera a la del primer beso. La única de sus amores que tiene nombre propio es Clara Cecilia Pérez Arango. La muchacha que pescó en una fiesta. La esposa que lo esperaba al final de la noche cuando le dio por entrar a la Gobernación. La madre de sus dos hijos que lo vio salir a “viajes de negocios” al Caguán. La estudiante que a veces se colaba en sus clases de maestría. La admiradora que aplaudió en su grado de doctorado. La seguidora que retornó a Medellín con su diploma. La oyente de la mala nueva del médico. La cómplice del tratamiento de su reciente enfermedad. La promotora de su esperanza y de su recuperación. La testigo de sus nuevos desvelos preparando clase para sus alumnos de universidad. La dama que el pasado 25 de agosto le celebró su cumpleaños número 72 y lo vio soplar las velitas sobre una arepa de chócolo. La socia que invirtió su vida hace 44 años en esa empresa de ser su familia y su compañía ilimitada.

Ella también fue la mujer que hizo maletas hace casi una década y arrancó con él a Francia de segunda luna de miel. A los 62 años, Restrepo jubiló al maletín de ejecutivo, compró una mochila e estudiante para empezar sus clases de Sociología en la Escuela Superior de Altos Estudios de París. Retomó un sueño que aplazó durante 38 años. Volvió al pupitre y al cuaderno. A la tarea y a la tesis de grado. Al temor del maestro y al sudor en las manos. Para su sobrina Juliana Restrepo, Nicanor era el tío importante pero distante. El de escoltas diarios y vehículo blindado. El tío sin tiempo y lejano que sintió realmente cerca cuando coincidieron en la misma onda del Ph. D. Allí se convirtió en el tío sin saco que se bajó del carro y empezó a rodar en bicicleta. El tío del insomnio con ojeras de alumno y el genio que se robó el aplauso. El tío del queso y el vino tinto. Después de dirigir grandes empresas y participar en procesos de paz, Restrepo retornó a la vida cotidiana. A la del barrio que se recorre a pie. A la fila para entrar a cine. Al reto de poner un bombillo. A los tiempos de vivir sin afán y de hacer buenos amigos, como Rubiel Ramírez, un pintor colombiano –pintor de brocha gorda– que un día llegó al barrio de la torre Eiffel, donde vivía Restrepo, para retocarle la pintura del baño. A él le dedicó su tesis de doctorado: “Para Rubiel, con el testimonio de mi gratitud, admiración y amistad”.

* * *

Si Nicanor tuviera Facebook, entre sus amigos estarían Juan Manuel Santos y Belisario Betancur. Si manejara el Twitter habría seguido a Borges y a Benedetti cuando estaban vivos y si hace tres décadas hubiera existido Instagram tendría una foto con Raúl Reyes y Tirofijo. Pero Nicanor no es un tipo de redes sociales, ni ahora ni nunca, ni en la web ni en el papel. Aunque fuera el duro de los duros de los negocios, el “cacao” de los “cacaos paisas” y amigo de amigos de políticos. En todos los tiempos le encontró un secreto placer al silencio del figurante. A faltar al coctel, a sacarle el cuerpo al fotógrafo y a esquivar al periodista.

En diciembre de 2012, la revista Portafolio le otorgó a Nicanor Restrepo el premio a la Vida y Obra Empresarial. Juan Manuel Santos asistió al evento y lo incluyó en su discurso: “hablar de Nicanor es hablar de una época dorada en el liderazgo empresarial de Colombia y, en mi caso, es hablar de un gran amigo, de un estupendo consejero, con quien hemos compartido proyectos e ilusiones, trabajando siempre, desde cuando nos acusaban de ‘conspiretas’ en los tiempos de un gobierno pasado”. Santos se refería al período entre 1994 y 1998 cuando se reunían en un sótano oscuro y gélido de Bogotá a hablar sobre el mandato de Samper y a planear una presión en su contra. Ambos hacían parte de un grupo antisamperista del que también hicieron parte Luis Eduardo Garzón y Angelino Garzón. Hablaban de paz, guerrillos y paracos. De relevos y de posibles reemplazos. En una entrevista publicada a finales de 2012, en el periódico El Colombiano, Restrepo reconoció que era amigo del presidente Santos, aunque en las últimas elecciones no hubiera votado por él, sino por Antanas Mockus. También contó que Santos a veces lo llama “a preguntarle carajadas” y que lo invitó a hacer parte de la nueva versión del proceso de Paz en La Habana, pero Restrepo le puso tres condiciones para ir a Cuba: nada de protagonismo, nada de tiempo completo y nada de alto riesgo. Al final se quedó en Medellín. Belisario Betancur fue el primero que vio en Restrepo la capacidad de tratar a personajes difíciles. El 28 de diciembre de 1982, el expresidente lo agarró a quemarropa y le propuso ser el gobernador de Antioquia. En respuesta, le advirtió que prefería la empresa privada a lo agreste del cargo público. Que si quería le cortara el pelo al rape y lo mandara a prestar servicio militar, pero que eso de la política no.

“Yo me sentía como cuando a uno lo persigue un perro y de pronto no es capaz de saltar una zanja para escapársele”, le contó a la periodista Ana María Cano en una entrevista en 1984. Belisario insistió y a las 8:30 de la noche Restrepo se entregó al poder.

Al día siguiente, su nombre salió en la primera plana del periódico. Lo presentaron como un ingeniero de 41 años, de signo zodiacal virgo, casado y con dos hijos. Exdirectivo de Almacenes La Primavera, Celanese, la Caja Agraria, Emcoper, Ospinas y Compañía, Corfinsura y Suramericana. No era de este mundo poner a un dirigente independiente en tiempos de clientelismo típico. Para los caciques políticos de la época, la decisión que tomó Belisario era extraterrestre.

Por eso, el 21 de enero de 1983, Restrepo declamó su primer discurso: “Mi nombre no es reto para nadie. Constituye mi patrimonio y el de los míos y no lo mancharé. Quiero que sea visto sin prevención y que permita la confluencia de voluntades y energías de todos los que piensen como yo, que Antioquia no está cansada, ni es cantera agotada…”. Un día después una crónica del periódico El Colombiano describió que pocos lo escucharon en su posesión por culpa del “pésimo equipo de sonido” y hablaron de un “peligroso hueco detrás de la mesa principal que obligó al gobernador Restrepo a adoptar severas medidas de seguridad para evitar una espectacular caída”.

En esa época, Restrepo fumaba dos cajetillas de cigarrillos al día y lucía como una mezcla de actor de película de la Nueva Ola Francesa con la de un personaje egresado de un cuento de Tomás Carrasquilla. Cuando los caciques liberales y conservadores le reclamaron puestos en su gobierno los despachó con una frase: “Para una buena función teatral se debe adquirir la boleta respectiva”. Los políticos rancios no estaban invitados para hacer parte de su gabinete. Anduvo de pueblo en pueblo. Al final de su temporada de gobierno los corresponsales de prensa le contaron 91 visitas a 51 municipios antioqueños. Puso la primera piedra de un espolón en Arboletes. Lanzó la primera bola del Centroamericano de Sóftbol. Celebró el bicentenario del natalicio de Bolívar, los 100 de Barba Jacob y le hizo un homenaje a Débora Arango en vida.

Los periodistas lo criticaron por escurridizo. Le interesaba poco ser el gobernador con manos de tijera para ir de inauguración en inauguración cortando cintas. Tampoco quería fungir de mago y levantar trapos para descubrir placas y monumentos. Mucho menos cargar niños para quedar con la pose preferida del político. “Antioquia necesita más hechos y menos discursos”, respondió tajante a los reclamos. Al salir de la Gobernación de Antioquia en 1984, Belisario lo nombró Alto Comisionado para la Paz. Y aunque esa fuera una inversión de alto riesgo, en compañía de un general retirado del Ejército y del obispo de Florencia llegó al Meta a negociar la caída de acciones violentas y un descenso al fuego de las Farc. Restrepo pensó que en La Uribe todo era caliente y llegó con pinta de salsero: zapatos, camisa y pantalón blancos. Solo le faltaron las maracas. Resultó que la reunión era en un campamento a cuarenta minutos del municipio en helicóptero. “Yo no llevaba suéter y eso era más frío que el diablo”, recuerda.

Presenció un desfile de militares legendarios en el salón social de la milicia llamado Casa Verde. Tenía de frente al general Gerardo Ayerbe Chaux hablando con Manuel Marulanda Vélez sobre la Operación Marquetalia. Restrepo tenía los pelos de punta por culpa del clima. Mientras se tomaba un café para atenuar el frío, un fotógrafo empezó a retroceder para enfocar a los protagonistas y capturar ese encuentro con la historia. “De repente se me vino encima, me tumbó el pocillo y yo quedé bañado de tinto de pies a cabeza. Me dejó vuelto nada. Me volteé y le dije ‘¿cómo se le ocurre hombre?, la única oportunidad que yo tenía de pasar a la historia y por cuenta suya voy a quedar como ‘el Manteco’ Restrepo”. Para solucionar el conflicto, Restrepo hizo un canje temporal y terminó con la ropa de un guerrillero puesta. Al final del día ya había un pacto entre las partes, una tregua para todos y un nuevo intercambio de prendas. “Aquí está su ropa compañero”, le dijo una guerrillera y le entregó el pantalón y la camisa que antes eran blancos y de repente se tornaron beige.

Años después, el gobierno de Andrés Pastrana lo escogió para los diálogos de Paz en 1999. Allí hizo parte de una comisión junto a María Emma Mejía y Fabio Valencia. Y en una decisión bilateral entre el equipo del gobierno y el de la tropa, se delegaron funciones para hacer una frijolada paisa. Alguien se encargaría de los fríjoles, otro del arroz y el último compraría el chicharrón en el casco urbano de San Vicente. De esto da cuenta un retrato que tiene en su casa, en el que sale junto a un tugurio de madera y al lado de la escopeta de Raúl Reyes. Minutos antes del almuerzo se rompió la tregua y a los portavoces les tocó salir a las carreras. Los fríjoles se quedaron servidos.

–¿Por qué fracasaron los procesos de Paz en los que participó? –le pregunté.

–No fracasaron, tuvieron un éxito parcial. Hubo estructuras subversivas que se amnistiaron. Se logró desnudar la realidad de un conflicto ante un país que ha combatido militarmente y no ha podido ser resuelto. Quizá hubo inexperiencia, ingenuidad, hubo agendas ocultas en el interior del proceso que buscaban tomar un aire u otras alternativas de lucha.

–¿Y cómo ve el proceso de Paz actual?

–Hoy por hoy confío, con un optimismo moderado, que estemos próximos a llegar a una forma que ponga fin al conflicto.

Restrepo agacha la mirada cuando habla de política, paz o economía. Baja la voz y mira el reloj para anunciar que se acaba el tiempo. La conversación pierde emoción, detalles. No es lo mismo que hablar de su infancia, de la juventud o de las aventuras alternas que resultan en los viajes de negocios. Le gusta hablar poco de sus logros, tampoco del porqué de su importancia o influencia. Para durar un rato al lado de Restrepo tuve que terminar hablando de Balzac –de hecho, hace años escribió un libro sobre él–. Los treinta minutos que había reservado para mí se triplicaron.

–Estuvo muy entretenida la entrevista –me dijo y luego agregó–: No pensé que me iba a gastar tanto tiempo contigo. Perdón, a gastar no, a invertir.

Después de decir eso, se levantó, agarró su morral y lo acomodó en su espalda. Me dio un beso en la mejilla y antes de montarse al carro me dijo: “Cualquier otra cosa me llamás, yo soy de lavar y planchar”.

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