Hay asuntos vitales que nos pueden unir rápidamente, sin distingos de ninguna naturaleza. Por ejemplo la denuncia y lucha efectiva contra la corrupción. Así lo expresamos en nuestra columna de opinión en El Colombiano, un llamado pertinente para seguir trabajando como sociedad, unidos, por el logro de una mejor sociedad

“Terminamos 2017 sin antecedentes en cuanto a retos y oportunidades como país. La posibilidad de vivir en un territorio que resuelve sus conflictos mediante el diálogo, al desarmar a las Farc, es una muy buena condición para trazarnos una ruta de construcción de unos acuerdos mínimos por el bienestar de todos. Los efectos más nobles de tal desarme son evidentes: pasamos de 233.874 desplazados en 2012 a 48.335 en 2017; y los afectados por minas antipersonales, de 770 en 2012 a 58 en 2017.

Sin embargo, en la medida en que no interioricemos una visión de futuro como parte central de nuestra cultura e idiosincrasia, tal construcción será muy difícil. Tanto más, si insistimos obsesivamente en escarbar desde cada uno en el pasado de los otros, con ánimo simplemente revanchista. Y otros, los menos afortunadamente, queriendo prolongar el azaroso y deshumanizado conflicto a través del crimen selectivo de los contrarios.

Con los segundos todos los Colombianos no deberíamos tener vacilaciones. Aplicar la máxima de Saramago: “Quieren la guerra, pero no los vamos a dejar en paz”. Así sea un solo exguerrillero, líder social, defensor de derechos humanos, funcionario, miembro de la fuerza pública, violentado o asesinado, es necesaria la insistencia y el respaldo de todos en el funcionamiento integral del poder del Estado.

Y en cuanto al fortalecimiento de una cultura de paz, lo primero es respetar los órganos especializados creados por nuestro ordenamiento jurídico para cerrar los asuntos del pasado como sociedad; obviamente siendo al mismo tiempo muy exigentes en cuanto a su conformación, calidad de sus procesos y trasparencia de sus decisiones. Un sistema estricto de veeduría ciudadana para que no vayan más allá de sus mandatos: no impunidad con los delitos atroces, verdad objetiva y no repetición. Debemos exigir la mayor sabiduría e imparcialidad, a todos esos órganos.

Lo segundo es promover una ciudadanía basada en sujetos políticos con capacidad para argumentar y defender sus ideas desde escenarios democráticos no violentos. Evitar que nuestras discusiones sobre el país se polaricen en un marco de argumentos poco elaborados o de la llamada posverdad. No pueden existir lugares y temas vedados; pero siempre con un comportamiento ético mínimo: aceptar la diferencia.

Hay asuntos vitales que nos pueden unir rápidamente, sin distingos de ninguna naturaleza. Por ejemplo la denuncia y lucha efectiva contra la corrupción. Hechos tan terribles como el robo descarado de los recursos para la alimentación de los niños y su explotación económica y sexual, no admiten vacilaciones frente a castigos ejemplares. Si no se garantiza el acceso a los derechos humanos fundamentales, especialmente en la infancia y la adolescencia, será imposible hablar del fin del conflicto y de una Colombia para todos. ¿Alguien no está de acuerdo?

Y estoy seguro que en las necesarias reformas a la justicia, a la prestación de la salud y a la gestión pública, asuntos centrales como nación, nos pondríamos también rápidamente de acuerdo la mayoría de ciudadanos.

Que no nos llamen en el 2018 a hablar mal de Colombia y de nuestros conciudadanos. Que nos convoquen a trabajar más todos por una mejor nación.”

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