Cuando Martha Nussbaum propone su lista de capacidades, como apuesta de concreción del enfoque del desarrollo humano, nos deja ver un panorama integral de asuntos relacionados con el bien-estar.

Una de estas capacidades, a la que la autora llama Sentidos, imaginación y pensamiento, es definida como la posibilidad de usar estos elementos de modo “verdaderamente humano”. Agrega Nussbaum que esto debe hacerse de “un modo formado y cultivado por una educación adecuada que incluya (aunque ni mucho menos esté limitada a) la alfabetización y la formación matemática y científica básica”.

Desde la anterior mirada puede comprobarse que hay una suerte de acuerdo en la necesidad de desarrollar competencias científicas básicas en los ciudadanos. Esta idea ha sido ampliamente debatida en los contextos educativos, y ha inspirado políticas públicas y proyectos en todos los sectores sociales. Una de las preguntas que surge de este empeño es ¿cuál es el propósito final de tener ciudadanos con competencias científicas?

Si bien hay diversas aproximaciones a esta respuesta, que van desde la creación de “vocaciones científicas” para atender las necesidades de innovación de la sociedad actual  hasta el acceso a conocimientos técnicos complejos, hay una apuesta fundamental a considerar: las competencias científicas son de alguna manera análogas a las competencias ciudadanas.

La ciudadanía no puede entenderse solo como un código de conductas aprendidas, sino que debe pensarse en términos de la definición griega del término: como la capacidad de pensar el mundo y expresarlo desde el argumento. Por esta razón, la posibilidad de adelantar procesos educativos que promuevan y favorezcan las competencias científicas terminan incidiendo en nuestra formación ciudadana y política.

Es innegable que sociedades como la nuestra requieren que sus ciudadanos puedan acceder al conocimiento como bien público, y que se desarrollen escenarios críticos y reflexivos para proponer modelos y acciones que mediante la apropiación social del conocimiento motiven el cambio social. En este sentido, competencias científicas como observar, inferir, argumentar y contrastar, entre otras, tienen total pertinencia en la manera de relacionarnos con los otros y de desempeñarnos como sujetos sociales.

Los deberes, derechos e implicaciones de esta ciudadanía deben propiciar escenarios para la decisión deliberada y crítica por parte de los sujetos, la aproximación multidimensional a los problemas y el uso de distintos niveles de saber para la construcción colectiva de soluciones a los problemas sociales. Es por esto que hay un vínculo importante entre los saberes y métodos de las “ciencias” con la manera como cada sujeto se entiende como parte del entorno en el que vive.

De esta forma, esta “circulación” de saberes y formas de entender los fenómenos que nos rodean (naturales, sociales, históricos, etc.) aporta al desarrollo de la capacidad de agencia, concepto del enfoque del desarrollo humano, que pretende que cada persona produzca sus propias prácticas argumentativas y deliberadas que logren favorecer su bienestar propio y colectivo.

Si entendemos a la escuela, y mejor aún, a las prácticas educativas como escenarios para el encuentro de diversas visiones del mundo, encontramos que lo educativo no solo favorece los procesos cognitivos, sino que se inscribe en la posibilidad de dotar discursos de sentido, de formar ciudadanos y de darle al conocimiento, particularmente científico, un espacio en la agenda del desarrollo mediante la apropiación social del conocimiento.

Felipe Aramburo, Director programa Ser + Maestro

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