Nodo de Biodiversidad Red Jóvenes Explora 

Por: David Bermudez*

¿Cuánto cuestan una abeja, un árbol, un bosque? ¿Le debemos poner un valor económico al mundo natural? El valor intrínseco de la naturaleza debería bastar para sentir un compromiso ético frente a su conservación. Sin embargo, la realidad nos muestra otra cosa y aunque podría parecernos un tema ajeno, lo cierto es que entre más informados estemos, más conscientes seremos de la urgencia de conservar el mundo natural, no solo por ese valor que deberíamos darle, sino además porque dependemos de los recursos y dinámicas de la naturaleza para seguir viviendo.

Aunque es claro que nuestras acciones están generando cambios a escala planetaria, que a su vez desestabilizan una serie de procesos ambientales y ecosistémicos, no extinguirán la vida en el planeta, y así lo han explicado diferentes científicos, puesto que nuestro planeta sabe recuperarse. (Ver: El Valor Oculto, conferencia de Erik Gómez Baggethun). Pero sin duda los que resultaremos perjudicados seremos los mismos humanos. La paradoja está entonces en que a pesar de saber del precipicio al que vamos, las acciones que emprendemos no ayudan a que esta crisis empiece a cambiar.

Parte de esta problemática podría radicar en que nuestras sociedades han perdido la conexión con el mundo natural y no detectamos la dependencia que tenemos de éste, como si no identificáramos ese valor oculto que hay en un árbol, un colibrí o un insecto y los hubiésemos convertido en un simple paisaje.

Imágenes capturadas por Nodo de Biodiversidad Red Jóvenes Explora durante trabajo de campo en Santa Elena, Oriente de Antioquia

La mayoría de los modelos económicos actuales no incluyen en ninguno de sus cálculos el valor que tiene un bosque. En nuestro PIB no aparece referencia alguna al valor de los bosques pero es claro que al talar árboles y convertirlos en madera, adquieren un valor monetario. Los modelos económicos parecen no tener en cuenta que el recurso natural es finito y que no siempre habrá recursos disponibles para continuar con los procesos de lo que habitualmente denominamos desarrollo.

En nuestra historia han colapsado civilizaciones completas por tener esa visión del recurso natural, estas crisis sucedieron a nivel local, hoy por primera vez el impacto es a escala mundial, altamente peligroso, en especial porque es sumamente impredecible y no estamos seguros hasta qué punto podremos seguir presionando sin llegar a un colapso.

Con el objetivo de darle visibilidad a la dependencia que tenemos de los ecosistemas, en los años setenta surgió el término de Servicios Ecosistémicos: “Beneficios que los seres humanos obtenemos de las funciones de los ecosistemas” (Millennium Ecosystem Assessment. 2005). Se forman así  las bases y argumentos que plantean la conservación como una parte vital en la toma de decisiones políticas y económicas, dado que todos los productos y servicios que recibimos son transformaciones de materiales y energía que solo podemos extraer de la naturaleza, directa e indirectamente, nos generan bienestar. El punto clave es entender que ese mundo natural tiene límites y necesitamos administrarlo adecuadamente para poder seguir beneficiándonos.

Aunque los economistas clásicos tenían noción de esos límites y dejaron evidencias de su preocupación al respecto, el calor de la revolución industrial extendió la idea de que no era grave perder la naturaleza puesto que la industria podría reemplazar los bienes que recibimos del ambiente. Pensamiento equivocado a todas luces pero que aún hoy se mantiene en nuestro imaginario como parámetro que determina el significado del desarrollo. Es por esto que incluir los servicios de los ecosistemas en las políticas públicas, se convierte en una herramienta de vital importancia para conservar y proteger nuestros recursos, con argumentos socioeconómicos vinculados a la valoración del medio ambiente pero fundamentados en unas bases éticas y simbólicas que permitan trascender la concepción de la naturaleza como una mercancía, visibilizándola y reconociéndola como sustento de nuestras vidas.

*Estudiante de Biología – Universidad EAFIT. Integrante Red Jóvenes Explora 

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