Alejandro Torres García
Profesor – Investigador del Centro de Investigaciones Económicas y Financieras
Universidad EAFIT

Las cifras que llegan cada día sobre los costos asociados a las medidas de mitigación del COVID-19 a nivel mundial, dan cuenta de la magnitud del choque que experimentaremos durante este año, como mínimo. A nivel global, el FMI prevé un crecimiento negativo del 3%. Para Colombia, los más optimistas hablan de crecimientos alrededor del -2% (CEPAL y EAFIT, por ejemplo), mientras en los peores escenarios este podría ubicarse en el -7.9% (Fedesarrollo).

En el ámbito local los números son igualmente sorprendentes. Según cálculos consignados en el informe Efectos económicos y sociales por COVID-19 y alternativas de política pública: Un Análisis para Antioquia y el Área Metropolitana del Valle de Aburrá, cada día de cuarentena le cuesta a Medellín cerca de $84.000 millones en términos de producto, cifra que asciende hasta los $166.000 millones para el departamento. Cerca de 1.2 millones de trabajadores en Antioquia, el 40% de los empleados formales, se encuentran en sus casas, con ingresos diezmados y el riesgo de que eventualmente queden desempleados. De materializarse este escenario, el porcentaje de hogares en pobreza extrema en Antioquia ascendería del actual 5.7% hasta casi el 20%. Perderíamos lo logrado en los últimos veinte años en esta materia en cuestión de meses. Ni que hablar de los trabajadores informales.

La contundencia de estos números nos habla de la necesidad de superar el falso dilema de salud o economía. No existe. Como sociedad, debemos pensar estratégicamente cómo arrebatarle vidas al COVID-19, por un lado, y al hambre y a la miseria, por el otro. Ninguno de los dos extremos resulta viable. Ni aperturas indiscriminadas, ni cuarentenas indefinidas. Lograr este objetivo requiere de la mayor creatividad de las autoridades nacionales y locales, quienes deben diseñar y poner en marcha de manera acelerada políticas que mitiguen estos costos, superando las recetas de la ortodoxia económica, y centrándose en la idea de minimizar la destrucción del aparato productivo y el deterioro del bienestar de los más vulnerables.

Se requiere la reactivación de la actividad productiva, pero esta debe ser gradual y segura para no perder lo logrado hasta este momento y que tanto nos ha costado. El gobierno y los empresarios deberían ser los principales interesados en que suceda de esta manera, ya que de otra forma rápidamente tendríamos que volver a paralizar el aparato productivo ante la necesidad de una nueva cuarentena, multiplicando las pérdidas económicas y de vidas.

La identificación de aquellas actividades que por sus propias características ofrecen menos riesgo de contagio y generan más valor y empleo; el diseño de estrictos protocolos de bioseguridad en las empresas; el uso de sistemas de transporte alternativos al servicio público para el desplazamiento de los empleados; y la estricta vigilancia por parte de las autoridades locales del cumplimiento de las normativas, serán fundamentales para contener la expansión del virus y dar continuidad a la producción. En este sentido, Sectores como construcción y edificaciones, textil y confecciones, metalmecánico, entre otros, cumplen potencialmente con estos requerimientos, y pueden sumarse a los actualmente exentos para una reactivación gradual.

A nivel macroeconómico, es fundamental implementar planes ambiciosos de protección a la población vulnerable y que minimicen la destrucción del aparato productivo, especialmente de aquellos sectores que aún no pueden operar, o de las mipymes que perdieron su capacidad de financiamiento en esta primera cuarentena. Aunque se han dado pasos en la dirección correcta, el monto de los programas resulta insuficiente para el tamaño de la crisis. En este punto, la búsqueda de nuevas fuentes de financiamiento es necesaria, olvidando momentáneamente la disciplina fiscal. Desde la gestión de créditos ante organismos multilaterales, la derogatoria de exenciones tributarias para ampliar el recaudo, hasta la financiación de la deuda a través de la emisión monetaria, deben ser alternativas a considerar.

En el campo monetario, la estabilidad de precios, e incluso el riesgo de una deflación, dan margen para que el Banco de la República baje de manera más agresiva su tasa de interés. Al mismo tiempo, buscar mecanismos directos de financiación para empresas a bajos costos. Si bien su preocupación ha sido mantener la liquidez del sistema financiero, una de las enseñanzas que nos dejó la crisis financiera de 2008 es que los bancos centrales pueden inundar de liquidez los mercados y aun así no evitar el estrangulamiento del crédito, esto si el escenario de estrés es tan alto que los bancos minimizan cualquier toma de riesgo.

Las autoridades locales tienen igualmente un gran papel en esta crisis, no sólo controlando el estricto cumplimiento de los protocolos de apertura, sino además complementando las medidas del gobierno nacional, aprovechando su cercanía y mayor conocimiento del territorio. El desarrollo de programas de subsidios complementarios a los nacionales, programas de prevención en salud y de apoyo a las empresas localizadas en su territorio, son fundamentales para evitar las tensiones sociales y preservar el tejido empresarial. El ordenamiento de los sistemas de transporte público para evitar aglomeraciones y la oferta de otras alternativas de movilidad menos riesgosas en materia de contagio es fundamental. Así mismo, la inclusión de proyectos de infraestructura ambiciosos en sus planes de desarrollo, permitirán impulsar la economía y el empleo.

Finalmente, quizás la mayor lección que podremos sacar de esta crisis, una vez superada, es la necesidad de replantear nuestro modelo productivo y de desarrollo, evitando la extrema dependencia actualmente evidenciada. Por una parte, la dependencia del petróleo como principal producto de exportación, pone de presente la necesidad de avanzar hacia modelos productivos más sofisticados y acordes con la nueva realidad mundial. Por otro lado, la dependencia tecnológica en campos como el de la salud, se presentan como una fuente de dependencia que compromete el bienestar de la sociedad. Retomar la industrialización en su versión 4.0, y desarrollar y financiar sectores asociados a la investigación básica y aplicada, serán garantes de nuestra capacidad de reacción ante las nuevas crisis que seguramente llegarán. De grandes crisis, debemos sacar grandes lecciones.

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